Millennials y bienes raíces: la generación que prefiere un título de propiedad sobre las llaves de un auto
Photo: Danny Lyon, Public domain, via Wikimedia Commons
Durante décadas, el sueño latinoamericano tuvo dos símbolos inseparables: la casa propia y el auto en la cochera. La generación millennial, hoy con entre 25 y 40 años, está rompiendo esa ecuación. Ante la imposibilidad de alcanzar ambos objetivos, un número creciente de jóvenes en México, Colombia y Chile está posponiendo —o descartando— la compra de un vehículo para destinar sus ahorros al pago inicial de un departamento.
Los números detrás del cambio
Los indicadores de propiedad de vivienda entre millennials en la región muestran un rezago frente a las generaciones anteriores a la misma edad. Sin embargo, el interés por comprar no ha desaparecido: lo que ha cambiado es la estrategia. Encuestas de banca digital en México revelan que más del 60 % de los ahorrantes menores de 35 años que tienen un objetivo financiero de largo plazo lo destina a un enganche inmobiliario, mientras la compra de un auto cero kilómetros ha caído en la pirámide de prioridades.
La explicación es aritmética. Un auto nuevo en Ciudad de México, Bogotá o Santiago cuesta fácilmente el equivalente a entre 15 % y 30 % del enganche de un departamento en zonas de clase media. Pero mientras el vehículo pierde valor desde el primer día —y genera gastos de seguro, combustible y mantenimiento—, la vivienda tiene un comportamiento histórico de conservación y apreciación del capital.
El auto como gasto, la casa como activo
Los asesores financieros suelen resumirlo en una frase: el auto es un gasto, la casa es un activo. En contextos de inflación elevada, esta distinción pesa aún más. Un crédito vehicular a cinco años puede terminar costando 1,5 veces el valor del automóvil, mientras que un crédito hipotecario, aunque también genera intereses, está respaldado por un bien que tiende a revalorizarse y que, además, puede generar renta.
A ello se suma el cambio en los patrones de movilidad. Las aplicaciones de transporte, el trabajo remoto y la expansión de la movilidad compartida han reducido la necesidad práctica de tener auto propio en las grandes capitales. Para muchos millennials urbanos, el vehículo dejó de ser una herramienta de trabajo para convertirse en un lujo prescindible.
Testimonios de una primera compra
El caso de Valeria, una ingeniera de 31 años en Guadalajara, ilustra la tendencia. Durante tres años manejó un auto familiar mientras ahorraba de manera disciplinada. Cuando juntó el enganche, no dudó: compró un departamento de dos recámaras en periferia consolidada y vendió su participación en el vehículo. "El auto se iba a la baja todos los meses; el departamento, según el corredor, ya subió 8 % en un año", comenta.
Situaciones similares se repiten en Medellín, donde los jóvenes profesionales aprovechan créditos de vivienda con subsidios estatales, y en Santiago, donde el arriendo alto empuja a muchos a adelantar la compra antes de que los precios se alejen aún más.
Qué implica para el mercado inmobiliario
Este reordenamiento de prioridades ya tiene efectos visibles en el desarrollo urbano. Las inmobiliarias ajustan sus productos: departamentos compactos, cercanos a transporte público, con espacios de coworking y menos cajones de estacionamiento por unidad. Los desarrolladores saben que su comprador ya no llega en auto propio, sino en transporte compartido o en bicicleta.
También cambia el perfil del crédito. Los bancos compiten con productos de bajo enganche, tasas mixtas y alianzas con empleadores para captar a este segmento joven que llega al mercado con historial digital pero sin colchón heredado.
Un consejo para quienes están en la disyuntiva
Si te encuentras entre un auto y un departamento, haz el ejercicio completo: suma el costo total de propiedad del vehículo durante cinco años y compáralo con el costo total de un crédito hipotecario en el mismo periodo, incluyendo mantenimiento, seguros y escrituración. En la mayoría de los escenarios latinoamericanos, la vivienda gana no solo en patrimonio, sino en estabilidad.
El sueño del auto no ha muerto; simplemente ha aprendido a esperar.